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El parque Ngorongoro es uno de los lugares más asombrosos que atesora Tanzania. Es el cráter de lo que fue un volcán activo hace 2.000 millones de años y del que hoy queda una meseta circular de 20 kilómetros de ancho, una de las mayores calderas volcánicas del mundo. En su interior, el paraíso: pastos, pantanos, bosques, salinas y un lago de agua dulce.

No se hacen esperar, y van apareciendo siempre en manadas, cebras, hipopótamos, elefantes, búfalos, ñúes, gacelas de Thompson y, a lo lejos, tapizando el gran lago, cientos de flamencos rosados.

Para donde se mire, siempre habrá algo de qué asombrarse: a pocos metros pasan los elefantes, lentos y pesados en su danza por la sabana. Muy cerca de la vía de trocha se agolpan dos o tres jeeps de safari, eso indica emoción. Y no se equivocan: un grupo de leones retoza a solo dos o tres metros de los vehículos. Las cámaras de los viajeros disparan como queriendo devorarse a las fieras.

A lo lejos, el rinoceronte negro, considerado por muchos el gran habitante del parque. Agua y vegetación abundantes hacen de este el gran paraíso para estas especies. Y no puede faltar un original remate de safari: un almuerzo en una zona permitida al borde de la laguna, con vinos sudafricanos y comida fría y pasteles… El sol, en todo su esplendor. Este pudo ser el día de la creación.

Escenas como esta son comunes en el cráter del Ngorongoro. Los leones cazan en la noche y luego descansan a la vera de la vía.

El elefante africano vive hasta 100 años y come 250 kilos al día.

Vía: El Tiempo
Imagen: Mi Nube