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Juan Pablo II visitó Tanzania en los años 90, y aunque él no lo sabía, uno de los jóvenes que le escuchaba entre la multitud era David Alexander Kinabo, un sacerdote africano que por entonces se encontraba realizando el servicio militar obligatorio en su país, pero que en ese momento decidió cambiar su vida para siempre.

“A pesar que no estaba en el seminario, tenía el deseo de convertirme en misionero y ser sacerdote”, explica ahora este hombre que se encarga de predicar la palabra del Señor en la Parroquia Preciosísima Sangre en San Roco, Bari, Italia, y que recuerda como debió huir de su nación para evitar la milicia.

“Utedes queridos hermanos y hermanos son la feliz cosecha de los misioneros y podrían inundar el mundo con la luz”, dijo por entonces el ahora beato a los fieles que la escuchaban, y fue ese el instante en el que Kinabo estuvo seguro de qué debía hacer con su vida, a pesar de que tenía tan sólo 23 años por entonces.

De hecho, una vez que se había asentado como sacerdote, Kinabo regresó a su país, para estudiar otros diez años, antes de ser enviado a Roma, habitando el territorio italiano desde 2005, donde los fieles de la mencionada capilla lo han tomado como parte de su vida, al punto de llamarlo cariñosamente “Padre D”.

Vía: Camineo
Imagen: ACI Prensa